sábado, 11 de enero de 2014

Capítulo 5.


 Se despertó sudado en la cama por el dolor en el costado. "Agh, maldición." pensó Sergio. Ayer se había caído con la moto, y debería de ir al hospital, aunque solo fuese para que le echasen un vistazo. Miró el reloj, y apenas eran las siete de la mañana. Decidió levantarse y darse una ducha, pues sabía que no iba a poder volver a dormirse. Entró al baño y encendió la luz. Le molestaba en los ojos, así que se lavo la cara antes de ducharse para acostumbrar la vista a la luz. Se observó la herida en el espejo. Lo cierto es que no era una herida en sí, mas bien un moratón, pero le ocupaba al menos medio costado izquierdo. Se palpó la zona golpeada y los alrededores, pero retiró la mano. Lo cierto es que le dolía un poco. Se quitó el pantalón de pijama y la ropa interior y se metió a la ducha. Dejó que el agua caliente le empapase, y luego descolgó la ducha y la mantuvo un buen rato en el golpe. Era agradable la sensación de calor que le producía. Se enjabonó bien el cuerpo y el costado, paga tenerlo limpio para cuando fuese al médico. Se quitó todo el jabón, se quedó un rato disfrutando del agua y se salió. Mientras se alborotaba un poco el pelo para secarlo y peinarlo un poco, abrió el armario. Cogió una camiseta blanca, unos vaqueros rotos y unas botas. Se vistió sin hacer mucho esfuerzo, el costado le dolía bastante. Cogió una cazadora y demás y salió de su casa. Decidió que daría un paseo, pues su moto estaba en el taller, donde le arreglarían los rasguños que se hizo, y no le apetecía coger el transporte público. Además, así le daba un poco el aire, y total, tampoco estaba muy lejos del hospital. De camino, fue observando todos los escaparates, y en algunos aún quedaba algo de espíritu navideño. Un par de luces por un lado, adornos por el otro, algodón por la base simulando la nieve... La mayoría se estaba desprendiendo de los adornos, o ya no los tenían siquiera puestos, y una parte de los que los tenían era por la pereza de quitarlos, pero no todos eran así. Aunque a Sergio le gustaba que ya no hubiese esos adornos porque ya no era navidad, también le agradaba pensar que había gente que aún conservaba el espíritu navideño, algo difícil tal y como estaban las cosas hoy en día. Tras un buen paseo llegó al hospital, donde le mandaron a un médico de cabecera, no sin antes pasar por recepción, pedirle sus datos y crearle un historial médico. 
Fue a coger el ascensor, no le apetecía hacer el esfuerzo de subir las escaleras. De pronto el ascensor se abrió, y de él salió un cúmulo de gente. Cuando entró, reparó en que había otra persona dentro. Un chico. Un chico con los ojos color café, y los labios carnosos. Lo cierto es que le sonaba su cara. El otro chico también se dió cuenta, le miró, bajó la cabeza y sonrió. Entonces Sergio cayó en la cuenta. El chico del café, de su mismo café. "¿Cómo se llamaba? Y, ¿por qué me sonríe? Ah, sí... Iván." Recuerda su encuentro en la cafetería y la torpeza de la chica que les sirvió los cappuccinos. Que coincidencia, no hace ni siquiera 24 horas desde que coincidió con Iván, y ahora le vuelve a ver, solo que él con una herida en el costado. ¿Que le traería a Iván al hospital? Le miró, y pensó que quizá podría preguntarle, pero no se conocían ni siquiera de un día. Le pareció que Iván le correspondía con la mirada y esbozaba una pequeña sonrisa al mismo tiempo. En otro momento él le hubiese correspondido, simplemente por educación, pero esta vez estaba demasiado dolorido como para sonreír. De pronto, el ascensor pegó un bote y comenzaron a abrirse las puertas de este. Sergio se desequilibró. El chico del ascensor, Iván, le sujetó de un brazo para evitar que se cayese por completo. Sergio se agarró a su brazo y echó una maldición por lo bajo. El costado parecía haber notado el bote también, y se lo hizo saber. De pronto, vio que Iván le miraba extrañado. Quizá debió pensarse que esa maldición iba referida a él. Sergio se incorporó rápidamente algo avergonzado. “¿Por qué me avergüenzo?”, pensó. 
“-No iba por ti la maldición de antes, iba por... Bueno, no importa. Creo que esta es tu planta, “Pediatría”... 
-Ah, esto... No te preocupes. Sí, tienes razón.” 
Antes de que Iván saliese del ascensor y casi sin darse cuenta, Sergio movió su brazo y agarró la muñeca de Iván. “Gracias”, le dijo. Iván esbozó otra sonrisa como la de antes y se marchó, dejándole solo en el ascensor. Sergio volvió a pensar, “¿Por qué me habré avergonzado al maldecir?".

domingo, 22 de diciembre de 2013

Capítulo 4.


Iván sonrió satisfecho, había alegrado a esa chica. También vió a una pareja con un pequeño bebé, el cuál, no paraba de llorar. Cogió una piruleta que encontró en un cajón del mueble de la caja y fue a enseñársela al pequeñín. Se arrodilló frente al carro del niño y le hizo un par de carantoñas. El bebé pasó de llorar a mirarle atentamente y finalmente reír. Le preguntó a la madre si podía darle la piruleta y esta asintió. La pareja rio al ver como su pequeño se reía con aquel chico. Iván observó con ternura la escena de la que era partícipe y les acompaño en las risas.
Atendió amablemente las compras de aquella pareja, se sonrieron amablemente e Iván dijo adiós al bebé, quién con ayuda de su madre le contestó moviendo la mano. "Que familia tan agradable", pensó. 
Siguió atendiendo a los clientes que llegaban a lo largo de la tarde, hasta que llegó la hora de cerrar la tienda. Hizo el inventario del día, cogió sus cosas, se puso la parka, apagó las luces y salió. Bajó la reja, y echó la llave. Buscó en ese mismo llavero las llaves de su portal, aunque tenía algo de frío en las manos y no podía manejarse bien. Al fin atinó con la llave. Subió hasta su piso por las escaleras, para coger aunque fuese una pizca de calor y entró en el loft.
Mientras colgaba las cosas en el perchero de la entrada, Lu fue a restregarse contra su pierna. Iván se agachó a acariciarle y a jugar un poco con él. De pronto, el minino entró en la cocina y empezó a rascar su cuenco de agua con la pata. Se había quedado sin ella. "Vaya, pobre..." pensó Iván. Le rellenó el cuenco y le puso también algo de comida, suponía que también debía de tener hambre. Miró al gato comer, y pensó en su cena. Pero lo cierto es que no tenía mucha hambre. Decidió tomar al menos algo lo suficientemente caliente para quitarse ese frío que tenía. Puso a hacer una sopa de pollo, y mientras esta se hacía fue a ponerse cómodo. Dejó las cosas que llevaba en los bolsillos en su mesilla de noche. Se puso un pantalón de chándal, una camiseta de manga corta de Mickey Mouse y un par de calcetines. Decidió ponerse otros algo más gordos encima. Los pies siempre se le quedaban fríos. Quizás por eso no siempre podía pensar bien, como decía una canción. Una vez estuvo cómodo, volvió a la cocina y se sirvió la sopa en un bol. Puso este en una bandeja junto con una cuchara, una servilleta y un vaso de agua y se dirigió al salón. Mientras dejaba enfriar un poco la sopa, decidió llamar a Laura para preguntarle por Darío. Marcó el número y esperó a que descolgase... 
"-¿Sí?
-Hola Laura, soy Iván. ¿Qué tal estás? Y Darío, ¿cómo se encuentra?
-Ah, hola Iván. Pues yo agotada, la verdad, y Darío algo mejor, aunque tiene fiebre. Estamos en el hospital, hoy pasaremos la noche aquí...
-Oh, vaya, lo siento mucho... ¿Quieres que mañana por la mañana me pase un rato? Así puedes ir a casa a ducharte, coger ropa limpia y esas cosas.
-Por favor, te lo agradecería. Mañana por la mañana no abriré la tienda, ya buscaremos quien hace el turno de tarde. ¿A las once y media? Es la habitación 221.
-Perfecto, allí estaré. Descansad, y estate tranquila, seguro que no será nada.
-Gracias Iván, gracias, de veras... Buenas noches."
Cuando colgó, se levantó a encender el televisor. Decidió dejar un canal en el que echaban reportajes interesantes de vez en cuando. Antes de sentarse miró por la ventana y observó que habían empezado a caer copos de nieve. Lu se acercó, y este le cogió para que lo viera. El gato tocaba el cristal y maullaba. "¿Te gusta? Es nieve, pequeñajo." Se sentó a tomarse la sopa. Cuando llevaba ya un poco, se dió cuenta de que le estaba sentando muy bien. Y también de que no estaba escuchando la tevisión. Estaba cansado. Así que terminó la sopa, llevó las cosas a la cocina y apagó el televisor. Se tumbó en el sofá, con Lu a sus pies, apagó la luz, y se quedó dormido.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Capítulo 3.




Llevaba ya un buen rato en la cafetería, pero lo cierto es que estaba tan absorto en su lectura que no había reparado en el tiempo. Estaba leyendo el libro de su película favorita, perfecta en cualquiera de estas dos para una fría tarde de invierno, “Querido John”. A Iván le encantaba esa película. Le parecía la pareja perfecta de actores, pero claro, con Channing Tatum a su lado cualquier chica lo resulta. Se sabía cada escena, cada diálogo, y cada carta que John y Savannah se escribían. Su frase favorita era la que decía que estuvieses donde estuvieses, tu pulgar siempre sería más grande que la luna. Lo comprobó en cada viaje que había hecho desde que vio la película por primera vez, y así era. Se le ocurrió mirar el móvil y descubrió un WhatsApp de Laura, su jefa. Además de su jefa, era también su amiga. Le acogió muy amablemente, y enseñó ella misma todo lo que necesitaba saber en la tienda. Leyó el mensaje. Hola Iván, sé que estás aún de vacaciones, pero... ¿Te importaría sustituirme en el turno de esta tarde? Luego te explico todo... ¡Te lo recompensaré! Iván decidió no contestar. Se levantó del sofá, cerró el libro y pensó tirar el vaso de cappuccino, pero en el último momento decidió guardarlo. Tenía la costumbre de guardar objetos que le trajeran algún recuerdo bonito por tonto que pudiese parecer.  En su apartamento guardaba entradas de cine, cartas, viejas fotos, billetes de avión, arena y conchas de playa... Y ese martes tan frío de enero había tenido un gracioso encuentro con un chico. Antes de salir de la cafetería, cogió una caja de seis sándwiches para llevar y un par de bebidas calientes. Las puso en la bolsa y echó a caminar. Por la mañana había estado bien el paseo hasta la cafetería, pero ahora cogería el metro para llegar a la tienda. El metro iba lleno de gente, pero Iván estaba acostumbrado, y tampoco le incomodaba. Total, solo eran tres paradas las que tenía que hacer. Cuando llegó a su parada se bajó y caminó un par de minutos hasta la tienda. Miró desde fuera y vio que estaba casi vacía, por lo que entró como un cliente más hasta que se fueron los pocos que quedaban. Saludó alegremente a Laura y la abrazó. Laura contestó a su abrazo y, observando las bolsas que llevaba el chico en la mano, le preguntó:
“-¿Y esas bolsas? ¿Ya te has comprado un caprichito?
-Que va... -respondió Iván riendo.- Es que te he traído la comida. Como contigo y me explicas que ha pasado. Por cierto, te hago el turno, ¿eh?
-Gracias Iván, eres un encanto... Pues nada, es Darío, que lleva unos días malo y me han llamado de la guardería diciéndome que estaba dormido porque se encontraba mal, así que voy a llevarle al médico...
-Aish, pobrecito... Pues me vas contando lo que es, ¿vale? Venga, vete, anda, ¡qué ya me quedo yo!
-¿De verdad? Ay, Iván... Ay, te lo recompensaré, de veras...
Laura le dio un beso, cogió un tercer sándwich de la caja para el camino, se despidió de Iván y se fue. A Iván le encantaba Darío. Era un bebé regordete de esos de anuncio, con unos mofletes y una cara angelical. Nunca lloraba ni protestaba mucho. Iván le había cuidado un par de veces y el niño se reía mucho con él. Lo cierto es que él era muy niñero, le encantaban los niños, y tenía mano para ellos. Quizás porque sabía sacar el niño que llevaba dentro cuando estaba con ellos... Y cuando no, también. Como era la hora de la comida y apenas había gente por el centro, Iván sacó el libro y se puso a leer. Iba por la parte en la que Savannah va a comer a casa de John por primera vez. Lasagna, como todos los domingos. Pasó un buen rato y poco a poco la tienda empezó a verse más animada. 


Iván, desde la caja, jugó a imaginarse la vida de sus clientes. En una esquina había una chica con gafas mirando vestidos. Iván pensó que sería aquella chica que no se siente guapa, y que se levanta todos los días queriendo ser otra. Decidió ir a echarle una mano.

“-Hola, ¿puedo ayudarte en algo? ¿Buscabas algo en concreto?
-Eh, eh... Esto... No, yo... Solo estaba mirando los vestidos.-dijo la chica un poco ruborizada.
-Ahá, por supuesto.-Iván la miró. Tenía una melena rizada y pelirroja, y la cara ligeramente salpicada de pequeñas pecas. Llevaba unas gafas de pasta negras, y no la sentaban mal. Ojeó los vestidos y cogió uno de media manga color salmón, con un fino cinturón ocre a la cintura.- Creo que este te sentaría de maravilla, ¿qué tal si te lo pruebas?”
La chica se ruborizó, pero sonrió y se metió a un probador. Iván espero hasta que salió. Lo cierto es que el vestido la sentaba muy bien. Realzaba sus curvas y sus colores naturales. La chica se miró al espejo algo cabizbaja.

“-Estás muy dulce, y muy guapa.-le dijo Iván. Observó como la chica sonreía tímidamente en el espejo y se le iluminaba la mirada. Debía tener problemas de autoestima, pero no le eran necesarios.- ¿Te lo llevas?”
La chica asintió. De camino a la caja, Iván cogió un pequeño collar con un búho de color bronce. Cuando llegaron a la caja, cobró el vestido y lo metió en la bolsa junto con el collar. La 
chica, al darse cuenta, le dijo:

“-Un momento, el collar no...
-Shhhh... -le contestó él, sonriendo. Sacó unas monedas de su cartera y las puso en la caja registradora para pagar el collar. De pronto vio como la chica se secaba una lágrima, emocionada y agradecida por el gesto que había tenido con ella.- Gracias por tu compra, cariño. Y sonríe, también te quedará bien con el vestido.”
Ella le dio las gracias aún emocionada, y se marchó de la tienda con una sonrisa de oreja a oreja.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Capítulo 2.




Mientras tanto, cerca del centro, Sergio buscaba un sitio donde aparcar su moto. Después de volver a pisar el piso que sus padres le dejaron al morir y dejar allí sus cosas, tuvo que salir a despejarse un poco. Aquella casa estaba llena de fotos, y de algún que otro recuerdo, y Sergio aún no estaba preparado para pasar tiempo en un lugar donde aún vivía la esencia de sus padres. Volver de Londres le había costado, pero decidió que sería lo mejor; Hacía ya unos meses que no se encontraba a gusto, desde la muerte de sus padres, quizá.



Sergio recuerda como le llamaron al móvil en un mediodía de resaca; al descolgar el teléfono le comunicaron que sus padres habían tenido un accidente de tráfico, y que no pudieron hacer nada por salvarlos. Sergio pegó un par de puñetazos a la pared por la rabia al finalizar la llamada de teléfono. Pero nada más. No quería ver a nadie de su familia ni conocidos, además le sería inútil viajar a Madrid a ver a sus padres, no podría ya hacer nada por mucho que quisiese. Por un momento pensó lo frío que le había vuelto esa ciudad. Pasados unos días, recibió una carta de un tío lejano. Este le decía que le enviaría un dinero todos los meses para que pudiese hacer algo más que sobrevivir. También adjuntaba las llaves del piso que sus padres tenían, por si quería volver a Madrid. Sergio lo sopesó, y unos meses después estaba poniendo rumbo a Madrid. Al fin y al cabo no dejaba tanto allí. Solo se dejaba algo. Alguien, más bien. Se llamaba Bridgit. La conoció sirviendo copas en el bar donde trabajaba para pagarse el hostal en el que dormía. Siempre pedía un Cosmopolitan o un San Francisco. Comenzaron a hablar por el sabor de este último. Luego pasaron a hablar del puente de esa ciudad. Y acabaron despertando en el motel de Sergio. Y así durante varias noches más. Habían salido juntos en alguna ocasión, pero para Sergio no significó mucho. En cambio, él piensa que ella estaba enamorada. Locuras que ocurren en los viajes, así decidió etiquetarlo Sergio.



Un par de bocinazos procedentes de un coche amarillo le devolvieron a las ajetreadas calles de Madrid por un par de minutos, pero volvió a perderse en sus pensamientos.



 No había sido muy cortés por su parte irse de Londres sin despedirse de ella. Pensó que así no sufriría tanto y le resultaría más fácil olvidarse de él y de volver a verle.

Más bocinazos otra vez. Sergio decidió parar de recordar y prestar algo más de atención a la carretera. Ya no estaba en Londres, sino en Madrid. Lo mejor sería habituarse de nuevo cuanto antes. Por fin encontró un hueco donde dejar el vehículo. Se bajó, le puso la cadena y empezó a caminar. Un año sin pisar Madrid y le había parecido mucho más. Debe admitir que la nostalgia le invadió un par de veces allí en Londres. Lo cierto es que echaba de menos Madrid. De pronto un escalofrío recorrió su cuerpo. Iba con una gabardina marrón oscuro, vaqueros desgastados, una sudadera gris y unas Panama Jack por fuera de los pantalones. No iba a poder aguantar el frío mucho más, así que siguió caminando hasta encontrar una cafetería medianamente acogedora, que no le vendría mal en esos momentos. Vio una que no estaba demasiado llena y decidió entrar. Pidió un cappuccino para llevar, al igual que el chico de delante de él. Pusieron los dos capuchinos y Sergio cogió el primero. Leyó el nombre. "Iván", ponía. El chico que estaba a su lado y antes delante de él, Iván, se rio. Sergio le dirigió una mirada y le espetó un "Perdona, ha sido un... Iván le interrumpió y le dijo Tranquilo, no ha sido nada. Sergio entonces cogió su café y se marchó sin decir nada más. Iván se sentó a leer en uno de los sillones de la cafetería, pero antes de sumergirse en su lectura pensó en los ojos verdes de aquel chico. Sergio. Bonito nombre, pensó. Pero no creía que fuese a encontrarse con él de nuevo, simplemente fue una coincidencia, una casualidad de martes con sabor a cappuccino.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Capítulo 1.






Martes. Sin duda esa era una de las mañanas más frías desde que había comenzado el año, al menos de momento. Eran mediados de enero, y a Iván le quedaban aún unos días de vacaciones. Abrió lentamente un ojo para mirar el reloj que tenía en su mesilla. Las 09:22. Decidió cerrar los ojos y quedarse retozando en la cama un par de minutos más. Era de esos que no podía hacer las cosas hasta que el reloj no marcase un minuto redondo. 09:30. Puso un pie en el suelo, pero rápidamente lo subió al colchón, rebuscó entre las sábanas hasta dar con los calcetines y se los puso. Fue al baño, se quitó el pijama y la ropa interior y se metió a darse una ducha caliente. Dejó que el agua de la ducha recorriese todo su cuerpo y relajase cada uno de sus músculos, desde el cuello, hasta los dedos de los pies. La verdad es que Iván tenía un cuerpo muy bonito, de complexión normal, pero fibrado. Si contamos sus facciones y rasgos de la cara marcados ligeramente y le sumamos ese pelo castaño desenfadado, todo ello hacían de él un chico atractivo. Cogió la toalla y salió de la ducha. Se la enrolló en la cintura y se miró al espejo. Tenía los ojos color café y uno labios carnosos. Llevaba una barba de unos dos días, y decidió que iba a dejársela un tercero.  Fue hacia su cuarto y lo miró un momento desde la puerta. Estaba un poco desordenado. A pesar de ello, se estaba adaptando muy bien a su nuevo rinconcito en el centro, y eso que apenas llevaba dos meses viviendo solo.



Decidió independizarse cuando llevaba unos seis meses trabajando y había dejado la universidad. El motivo por el que se había emancipado fue el enfado que mostraron sus padres ante la decisión de dejar los estudios. Aún recuerda como le gritaron sin apenas darle opción a que hablara o fuese escuchado. Su madre fue la que peor se lo tomó, su padre siempre había pasado un poco de él. Pero lo cierto era que él no se sentía a gusto en el campus, y la carrera que había cursado por agradar a sus padres no le llenaba. Siguió con su trabajo en la tienda, pero la convivencia en su casa había empeorado bastante. Tras unas semanas aguantando gritos, desprecios, y malas miradas por parte de su madre y un poco de su padre, vio que cerca de la tienda donde trabajaba se alquilaba un piso, un loft. Un viernes por la tarde, pidió salir un poco antes y que le cubrieran el turno. Llamó al teléfono que resaltaba sobre el cartel naranja. Una voz femenina le informó del piso y las condiciones de alquiler que tenía este. Iván las sopesó y aceptó, y alrededor de las nueve llegó una agente inmobiliaria y condujo a Iván dentro del piso. Observó las paredes y el interior del piso. Ya estaba amueblado, por lo que solo necesitaría un par de retoques. Dio las gracias a la agente y le dejó una fianza. La agente le dio las llaves con la condición de que pagase el alquiler en esa semana. Estaba decidido. Finalizaría esa semana en su nuevo piso. Llegó a casa más tarde de lo habitual, pero no cruzó palabra con sus padres. Se sentó a la mesa, en la que había un silencio al que Iván ya se había acostumbrado. Él no pensaba cenar, no tenía hambre. De pronto, un sorbido que dio su padre a la sopa rompió el silencio. "-¿Dónde has estado para llegar tarde hoy?- le preguntó su madre en un tono seco. Iván tardó un par de minutos en responder, se tomó su tiempo para pensar la respuesta.



"-Me voy. He visto un piso, pero no voy a deciros dónde. Al menos por ahora. Creo que nos vendrá bien no saber nada los unos de los otros por un tiempo. He pagado ya la fianza, y no me arrepiento. Estoy harto de los gritos, y de la convivencia que llevamos teniendo desde hace un tiempo. No espero que lo entendáis, pues no lo busco.



Su madre puso un semblante amargo y con tono mártir, dijo:



“-Si no quieres saber nada de nosotros, puedes irte ya.



Su padre, como era de esperar, no se pronunció. Llevaba haciendo esto desde que Iván dijo en casa que estaba con alguien, y ese alguien era un chico. La primera vez que lo dijo fue hace unos tres años, con dieciséis, diecisiete. En su casa les costó aceptarlo, y él aún pensaba que no lo hicieron nunca del todo. Viendo la situación, Iván se levantó de la mesa y cerró la puerta de su cuarto con tranquilidad. Empezó a coger sus cosas y a meterlas en la maleta. Una vez recogió todo, salió de su cuarto, miró a sus padres y les deseo que todo les fuese mejor ahora que tenían una boca menos que alimentar. Sus padres le miraron, y tras un par de muecas siguieron cenando. Iván cogió sus llaves, las del piso y las de casa de sus padres, y se fue. Eran principios de noviembre y ese jueves hacía frío, pero lo cierto es que el paseo nocturno hacia su nuevo piso le estaba sentado bien. Se había quitado un peso de encima, y aunque el aire le azotaba la cara no le importaba, estaba devolviéndole a la realidad. Paró de camino para comprar algo de cena. Tampoco le quedaba mucho dinero teniendo en cuenta el pago del alquiler, por lo que compró unos fideos instantáneos y se los comió por el camino. Llegó al piso alrededor de las doce. Lo cierto era que tenía frío, así que subió al loft deprisa. Dejó sus maletas en el recibidor y decidió que ya las iría colocando poco a poco. Solo sacó un pijama. Se tumbó en el sofá acurrucado, ya que no tenía nada más para abrigarse, y se echó su abrigo por encima para mitigar el frío. Se puso sus cascos y eligió una lista de reproducción que escuchar hasta quedarse dormido. Esa noche se sentía un poco solo, pero era cuestión de acostumbrarse.



Un maullido le sacó de sus pensamientos. Lu, su siamés, estaba merodeando por su cuarto. Pasó por la pierna de Iván y empezó a ronronear. Iván le acarició y jugó un rato con él. Se tumbó en la cama junto a él y recordó como ese pequeño felino había hecho que no se sintiese tan solo desde hace un par de semanas.



 Fue unos días antes de las vacaciones navideñas cuando se encontró a esa bolita de pelo en una caja. Era un día lluvioso, y en la esquina de la puerta de su edificio oyó un maullido bajito. Estaba abriendo la puerta, pero quiso echar un vistazo antes. Unos ojos azules le miraban con ternura. Se acercó y vio a un pequeño gato al que le temblaba el cuerpo. Iván pensó que no le vendría mal algo de compañía en su apartamento, por lo que lo cogió y lo metió dentro de su pecho, para que estuviese más abrigado. Una vez en casa le puso algo de leche para que la tomase. Sin querer dio un codazo a una caja de galletas y cayeron un par al suelo. El gato empezó a olisquear y a comerse las migas, y se acercó a la pierna de Iván cuando terminó. El chico se rio ante la ternura de su nuevo compañero. Le puso el bol de leche y el gato lo terminó rápidamente. Iván guardó la caja de galletas "Lu". Lu. Buen nombre para un gato, pero pensaría más. Iván fue a su habitación con intención de dormirse, y vio al felino acurrucado entre sus cojines. Apagó las luces y se metió a la cama. Unos minutos después notó que algo se revolvía en su cama. Se giró y el pequeño animal se pegó a su pecho. Iván le pasó la mano por el lomo y pensó "Buenas noches, Lu".



De pronto un rugido que salió de su estómago le devolvió a su cuarto. Se levantó de la cama dejando allí a Lu. Se dirigió a su armario y empezó a vestirse. Cogió una básica blanca de pico, la camisa de cuadros roja y azul, unos vaqueros oscuros, y las botas de borrego marrones. Se echó colonia, se enrolló la bufanda de ochos de color azul marino al cuello, cogió su parka verde, los cascos y salió de su cuarto. Pasó por la cocina con intención de desayunar, pero en el último momento se le ocurrió desayunar fuera. Cogió las llaves y cerró la puerta. Se puso los cascos y comenzó a bajar las escaleras de su edificio.