.Martes con sabor a cappuccino.
sábado, 11 de enero de 2014
Capítulo 5.
Se despertó sudado en la cama por el dolor en el costado. "Agh, maldición." pensó Sergio. Ayer se había caído con la moto, y debería de ir al hospital, aunque solo fuese para que le echasen un vistazo. Miró el reloj, y apenas eran las siete de la mañana. Decidió levantarse y darse una ducha, pues sabía que no iba a poder volver a dormirse. Entró al baño y encendió la luz. Le molestaba en los ojos, así que se lavo la cara antes de ducharse para acostumbrar la vista a la luz. Se observó la herida en el espejo. Lo cierto es que no era una herida en sí, mas bien un moratón, pero le ocupaba al menos medio costado izquierdo. Se palpó la zona golpeada y los alrededores, pero retiró la mano. Lo cierto es que le dolía un poco. Se quitó el pantalón de pijama y la ropa interior y se metió a la ducha. Dejó que el agua caliente le empapase, y luego descolgó la ducha y la mantuvo un buen rato en el golpe. Era agradable la sensación de calor que le producía. Se enjabonó bien el cuerpo y el costado, paga tenerlo limpio para cuando fuese al médico. Se quitó todo el jabón, se quedó un rato disfrutando del agua y se salió. Mientras se alborotaba un poco el pelo para secarlo y peinarlo un poco, abrió el armario. Cogió una camiseta blanca, unos vaqueros rotos y unas botas. Se vistió sin hacer mucho esfuerzo, el costado le dolía bastante. Cogió una cazadora y demás y salió de su casa. Decidió que daría un paseo, pues su moto estaba en el taller, donde le arreglarían los rasguños que se hizo, y no le apetecía coger el transporte público. Además, así le daba un poco el aire, y total, tampoco estaba muy lejos del hospital. De camino, fue observando todos los escaparates, y en algunos aún quedaba algo de espíritu navideño. Un par de luces por un lado, adornos por el otro, algodón por la base simulando la nieve... La mayoría se estaba desprendiendo de los adornos, o ya no los tenían siquiera puestos, y una parte de los que los tenían era por la pereza de quitarlos, pero no todos eran así. Aunque a Sergio le gustaba que ya no hubiese esos adornos porque ya no era navidad, también le agradaba pensar que había gente que aún conservaba el espíritu navideño, algo difícil tal y como estaban las cosas hoy en día. Tras un buen paseo llegó al hospital, donde le mandaron a un médico de cabecera, no sin antes pasar por recepción, pedirle sus datos y crearle un historial médico.
Fue a coger el ascensor, no le apetecía hacer el esfuerzo de subir las escaleras. De pronto el ascensor se abrió, y de él salió un cúmulo de gente. Cuando entró, reparó en que había otra persona dentro. Un chico. Un chico con los ojos color café, y los labios carnosos. Lo cierto es que le sonaba su cara. El otro chico también se dió cuenta, le miró, bajó la cabeza y sonrió. Entonces Sergio cayó en la cuenta. El chico del café, de su mismo café. "¿Cómo se llamaba? Y, ¿por qué me sonríe? Ah, sí... Iván." Recuerda su encuentro en la cafetería y la torpeza de la chica que les sirvió los cappuccinos. Que coincidencia, no hace ni siquiera 24 horas desde que coincidió con Iván, y ahora le vuelve a ver, solo que él con una herida en el costado. ¿Que le traería a Iván al hospital? Le miró, y pensó que quizá podría preguntarle, pero no se conocían ni siquiera de un día. Le pareció que Iván le correspondía con la mirada y esbozaba una pequeña sonrisa al mismo tiempo. En otro momento él le hubiese correspondido, simplemente por educación, pero esta vez estaba demasiado dolorido como para sonreír. De pronto, el ascensor pegó un bote y comenzaron a abrirse las puertas de este. Sergio se desequilibró. El chico del ascensor, Iván, le sujetó de un brazo para evitar que se cayese por completo. Sergio se agarró a su brazo y echó una maldición por lo bajo. El costado parecía haber notado el bote también, y se lo hizo saber. De pronto, vio que Iván le miraba extrañado. Quizá debió pensarse que esa maldición iba referida a él. Sergio se incorporó rápidamente algo avergonzado. “¿Por qué me avergüenzo?”, pensó.
“-No iba por ti la maldición de antes, iba por... Bueno, no importa. Creo que esta es tu planta, “Pediatría”...
-Ah, esto... No te preocupes. Sí, tienes razón.”
Antes de que Iván saliese del ascensor y casi sin darse cuenta, Sergio movió su brazo y agarró la muñeca de Iván. “Gracias”, le dijo. Iván esbozó otra sonrisa como la de antes y se marchó, dejándole solo en el ascensor. Sergio volvió a pensar, “¿Por qué me habré avergonzado al maldecir?".
domingo, 22 de diciembre de 2013
Capítulo 4.
Iván sonrió satisfecho, había alegrado a esa chica. También vió a una pareja con un pequeño bebé, el cuál, no paraba de llorar. Cogió una piruleta que encontró en un cajón del mueble de la caja y fue a enseñársela al pequeñín. Se arrodilló frente al carro del niño y le hizo un par de carantoñas. El bebé pasó de llorar a mirarle atentamente y finalmente reír. Le preguntó a la madre si podía darle la piruleta y esta asintió. La pareja rio al ver como su pequeño se reía con aquel chico. Iván observó con ternura la escena de la que era partícipe y les acompaño en las risas.
Atendió amablemente las compras de aquella pareja, se sonrieron amablemente e Iván dijo adiós al bebé, quién con ayuda de su madre le contestó moviendo la mano. "Que familia tan agradable", pensó.
Siguió atendiendo a los clientes que llegaban a lo largo de la tarde, hasta que llegó la hora de cerrar la tienda. Hizo el inventario del día, cogió sus cosas, se puso la parka, apagó las luces y salió. Bajó la reja, y echó la llave. Buscó en ese mismo llavero las llaves de su portal, aunque tenía algo de frío en las manos y no podía manejarse bien. Al fin atinó con la llave. Subió hasta su piso por las escaleras, para coger aunque fuese una pizca de calor y entró en el loft.
Mientras colgaba las cosas en el perchero de la entrada, Lu fue a restregarse contra su pierna. Iván se agachó a acariciarle y a jugar un poco con él. De pronto, el minino entró en la cocina y empezó a rascar su cuenco de agua con la pata. Se había quedado sin ella. "Vaya, pobre..." pensó Iván. Le rellenó el cuenco y le puso también algo de comida, suponía que también debía de tener hambre. Miró al gato comer, y pensó en su cena. Pero lo cierto es que no tenía mucha hambre. Decidió tomar al menos algo lo suficientemente caliente para quitarse ese frío que tenía. Puso a hacer una sopa de pollo, y mientras esta se hacía fue a ponerse cómodo. Dejó las cosas que llevaba en los bolsillos en su mesilla de noche. Se puso un pantalón de chándal, una camiseta de manga corta de Mickey Mouse y un par de calcetines. Decidió ponerse otros algo más gordos encima. Los pies siempre se le quedaban fríos. Quizás por eso no siempre podía pensar bien, como decía una canción. Una vez estuvo cómodo, volvió a la cocina y se sirvió la sopa en un bol. Puso este en una bandeja junto con una cuchara, una servilleta y un vaso de agua y se dirigió al salón. Mientras dejaba enfriar un poco la sopa, decidió llamar a Laura para preguntarle por Darío. Marcó el número y esperó a que descolgase...
"-¿Sí?
-Hola Laura, soy Iván. ¿Qué tal estás? Y Darío, ¿cómo se encuentra?
-Ah, hola Iván. Pues yo agotada, la verdad, y Darío algo mejor, aunque tiene fiebre. Estamos en el hospital, hoy pasaremos la noche aquí...
-Oh, vaya, lo siento mucho... ¿Quieres que mañana por la mañana me pase un rato? Así puedes ir a casa a ducharte, coger ropa limpia y esas cosas.
-Por favor, te lo agradecería. Mañana por la mañana no abriré la tienda, ya buscaremos quien hace el turno de tarde. ¿A las once y media? Es la habitación 221.
-Perfecto, allí estaré. Descansad, y estate tranquila, seguro que no será nada.
-Gracias Iván, gracias, de veras... Buenas noches."
Cuando colgó, se levantó a encender el televisor. Decidió dejar un canal en el que echaban reportajes interesantes de vez en cuando. Antes de sentarse miró por la ventana y observó que habían empezado a caer copos de nieve. Lu se acercó, y este le cogió para que lo viera. El gato tocaba el cristal y maullaba. "¿Te gusta? Es nieve, pequeñajo." Se sentó a tomarse la sopa. Cuando llevaba ya un poco, se dió cuenta de que le estaba sentando muy bien. Y también de que no estaba escuchando la tevisión. Estaba cansado. Así que terminó la sopa, llevó las cosas a la cocina y apagó el televisor. Se tumbó en el sofá, con Lu a sus pies, apagó la luz, y se quedó dormido.
-Hola Laura, soy Iván. ¿Qué tal estás? Y Darío, ¿cómo se encuentra?
-Ah, hola Iván. Pues yo agotada, la verdad, y Darío algo mejor, aunque tiene fiebre. Estamos en el hospital, hoy pasaremos la noche aquí...
-Oh, vaya, lo siento mucho... ¿Quieres que mañana por la mañana me pase un rato? Así puedes ir a casa a ducharte, coger ropa limpia y esas cosas.
-Por favor, te lo agradecería. Mañana por la mañana no abriré la tienda, ya buscaremos quien hace el turno de tarde. ¿A las once y media? Es la habitación 221.
-Perfecto, allí estaré. Descansad, y estate tranquila, seguro que no será nada.
-Gracias Iván, gracias, de veras... Buenas noches."
Cuando colgó, se levantó a encender el televisor. Decidió dejar un canal en el que echaban reportajes interesantes de vez en cuando. Antes de sentarse miró por la ventana y observó que habían empezado a caer copos de nieve. Lu se acercó, y este le cogió para que lo viera. El gato tocaba el cristal y maullaba. "¿Te gusta? Es nieve, pequeñajo." Se sentó a tomarse la sopa. Cuando llevaba ya un poco, se dió cuenta de que le estaba sentando muy bien. Y también de que no estaba escuchando la tevisión. Estaba cansado. Así que terminó la sopa, llevó las cosas a la cocina y apagó el televisor. Se tumbó en el sofá, con Lu a sus pies, apagó la luz, y se quedó dormido.
viernes, 6 de diciembre de 2013
Capítulo 3.
Llevaba ya un buen rato
en la cafetería, pero lo cierto es que estaba tan absorto en su lectura que no
había reparado en el tiempo. Estaba leyendo el libro de su película favorita, perfecta
en cualquiera de estas dos para una fría tarde de invierno, “Querido John”. A Iván le encantaba esa
película. Le parecía la pareja perfecta de actores, pero claro, con Channing
Tatum a su lado cualquier chica lo resulta. Se sabía cada escena, cada diálogo,
y cada carta que John y Savannah se escribían. Su frase favorita era la que decía
que estuvieses donde estuvieses, tu pulgar siempre sería más grande que la
luna. Lo comprobó en cada viaje que había hecho desde que vio la película por
primera vez, y así era. Se le ocurrió mirar el móvil y descubrió un WhatsApp de
Laura, su jefa. Además de su jefa, era también su amiga. Le acogió muy
amablemente, y enseñó ella misma todo lo que necesitaba saber en la tienda. Leyó
el mensaje. “Hola Iván, sé que estás aún de vacaciones,
pero... ¿Te importaría sustituirme en el turno de esta
tarde? Luego te explico todo... ¡Te lo recompensaré!” Iván decidió no contestar. Se levantó del sofá, cerró el
libro y pensó tirar el vaso de cappuccino, pero en el último momento decidió
guardarlo. Tenía la costumbre de guardar objetos que le trajeran algún recuerdo
bonito por tonto que pudiese parecer. En
su apartamento guardaba entradas de cine, cartas, viejas fotos, billetes de avión,
arena y conchas de playa... Y ese martes tan frío de enero había tenido un
gracioso encuentro con un chico. Antes de salir de la cafetería, cogió una caja
de seis sándwiches para llevar y un par de bebidas calientes. Las puso en la
bolsa y echó a caminar. Por la mañana había estado bien el paseo hasta la
cafetería, pero ahora cogería el metro para llegar a la tienda. El metro iba
lleno de gente, pero Iván estaba acostumbrado, y tampoco le incomodaba. Total,
solo eran tres paradas las que tenía que hacer. Cuando llegó a su parada se bajó
y caminó un par de minutos hasta la tienda. Miró desde fuera y vio que estaba
casi vacía, por lo que entró como un cliente más hasta que se fueron los pocos
que quedaban. Saludó alegremente a Laura y la abrazó. Laura contestó a su
abrazo y, observando las bolsas que llevaba el chico en la mano, le preguntó:
“-¿Y
esas bolsas? ¿Ya te has comprado un caprichito?
-Que va... -respondió Iván
riendo.- Es que te he traído la comida. Como contigo y me explicas que ha
pasado. Por cierto, te hago el turno, ¿eh?
-Gracias Iván, eres un
encanto... Pues nada, es Darío, que lleva unos días malo y me han llamado de la
guardería diciéndome que estaba dormido porque se encontraba mal, así que voy a
llevarle al médico...
-Aish, pobrecito... Pues
me vas contando lo que es, ¿vale? Venga, vete, anda, ¡qué ya me quedo yo!
-¿De
verdad? Ay, Iván... Ay, te lo recompensaré, de veras...”
Laura le dio un beso, cogió un tercer sándwich de la caja para el
camino, se despidió de Iván y se fue. A Iván le encantaba Darío. Era un bebé
regordete de esos de anuncio, con unos mofletes y una cara angelical. Nunca
lloraba ni protestaba mucho. Iván le había cuidado un par de veces y el niño se
reía mucho con él. Lo cierto es que él era muy niñero, le encantaban los niños,
y tenía mano para ellos. Quizás porque sabía sacar el niño que llevaba dentro
cuando estaba con ellos... Y cuando no, también. Como era la hora de la comida
y apenas había gente por el centro, Iván sacó el libro y se puso a leer. Iba
por la parte en la que Savannah va a comer a casa de John por primera vez.
Lasagna, como todos los domingos. Pasó un buen rato y poco a poco la tienda
empezó a verse más animada.
Iván, desde la caja, jugó
a imaginarse la vida de sus clientes. En una esquina había una chica con gafas
mirando vestidos. Iván pensó que sería aquella chica que no se siente guapa, y
que se levanta todos los días queriendo ser otra. Decidió ir a echarle una
mano.
“-Hola, ¿puedo ayudarte en algo? ¿Buscabas algo en concreto?
-Eh, eh... Esto... No,
yo... Solo estaba mirando los vestidos.-dijo la chica un poco ruborizada.
-Ahá, por supuesto.-Iván
la miró. Tenía una melena rizada y pelirroja, y la cara ligeramente salpicada
de pequeñas pecas. Llevaba unas gafas de pasta negras, y no la sentaban mal.
Ojeó los vestidos y cogió uno de media manga color salmón, con un fino cinturón
ocre a la cintura.- Creo que este te sentaría de maravilla, ¿qué
tal si te lo pruebas?”
La chica se ruborizó,
pero sonrió y se metió a un probador. Iván espero hasta que salió. Lo cierto es
que el vestido la sentaba muy bien. Realzaba sus curvas y sus colores
naturales. La chica se miró al espejo algo cabizbaja.
“-Estás muy dulce, y muy guapa.-le dijo Iván. Observó como la chica sonreía tímidamente en el espejo y se le iluminaba la mirada. Debía tener problemas de autoestima, pero no le eran necesarios.- ¿Te lo llevas?”
La chica asintió. De
camino a la caja, Iván cogió un pequeño collar con un búho de color bronce.
Cuando llegaron a la caja, cobró el vestido y lo metió en la bolsa junto con el
collar. La
chica, al darse cuenta, le dijo:
chica, al darse cuenta, le dijo:
“-Un momento, el collar no...
-Shhhh... -le contestó él,
sonriendo. Sacó unas monedas de su cartera y las puso en la caja registradora
para pagar el collar. De pronto vio como la chica se
secaba una lágrima, emocionada y agradecida por el gesto que había tenido con
ella.- Gracias por tu compra, cariño. Y sonríe, también te quedará bien con el
vestido.”
Ella le dio las gracias aún emocionada, y se marchó de la tienda con una
sonrisa de oreja a oreja.
sábado, 30 de noviembre de 2013
Capítulo 2.
Mientras tanto, cerca del
centro, Sergio buscaba un sitio donde aparcar su moto. Después de volver a
pisar el piso que sus padres le dejaron al morir y dejar allí sus cosas, tuvo
que salir a despejarse un poco. Aquella casa estaba llena de fotos, y de algún
que otro recuerdo, y Sergio aún no estaba preparado para pasar tiempo en un
lugar donde aún vivía la esencia de sus padres. Volver de Londres le había
costado, pero decidió que sería lo mejor; Hacía ya unos meses que no se
encontraba a gusto, desde la muerte de sus padres, quizá.
Sergio recuerda como le
llamaron al móvil en un mediodía de resaca; al descolgar el teléfono le
comunicaron que sus padres habían tenido un accidente de tráfico, y que no
pudieron hacer nada por salvarlos. Sergio pegó un par de puñetazos a la pared
por la rabia al finalizar la llamada de teléfono. Pero nada más. No quería ver
a nadie de su familia ni conocidos, además le sería inútil viajar a Madrid a
ver a sus padres, no podría ya hacer nada por mucho que quisiese. Por un
momento pensó lo frío que le había vuelto esa ciudad. Pasados unos días, recibió
una carta de un tío lejano. Este le decía que le enviaría un dinero todos los
meses para que pudiese hacer algo más que sobrevivir. También adjuntaba las
llaves del piso que sus padres tenían, por si quería volver a Madrid. Sergio lo
sopesó, y unos meses después estaba poniendo rumbo a Madrid. Al fin y al cabo
no dejaba tanto allí. Solo se dejaba algo. Alguien, más bien. Se llamaba
Bridgit. La conoció sirviendo copas en el bar donde trabajaba para pagarse el
hostal en el que dormía. Siempre pedía un Cosmopolitan o un San Francisco.
Comenzaron a hablar por el sabor de este último. Luego pasaron a hablar del
puente de esa ciudad. Y acabaron despertando en el motel de Sergio. Y así
durante varias noches más. Habían salido juntos en alguna ocasión, pero para
Sergio no significó mucho. En cambio, él piensa que ella estaba enamorada.
Locuras que ocurren en los viajes, así decidió etiquetarlo Sergio.
Un par de bocinazos
procedentes de un coche amarillo le devolvieron a las ajetreadas calles de
Madrid por un par de minutos, pero volvió a perderse en sus pensamientos.
No había sido muy cortés por su parte irse de
Londres sin despedirse de ella. Pensó que así no sufriría tanto y le resultaría
más fácil olvidarse de él y de volver a verle.
Más bocinazos otra vez. Sergio decidió parar de recordar y prestar algo más de atención a la carretera. Ya no estaba en Londres, sino en Madrid. Lo mejor sería habituarse de nuevo cuanto antes. Por fin encontró un hueco donde dejar el vehículo. Se bajó, le puso la cadena y empezó a caminar. Un año sin pisar Madrid y le había parecido mucho más. Debe admitir que la nostalgia le invadió un par de veces allí en Londres. Lo cierto es que echaba de menos Madrid. De pronto un escalofrío recorrió su cuerpo. Iba con una gabardina marrón oscuro, vaqueros desgastados, una sudadera gris y unas Panama Jack por fuera de los pantalones. No iba a poder aguantar el frío mucho más, así que siguió caminando hasta encontrar una cafetería medianamente acogedora, que no le vendría mal en esos momentos. Vio una que no estaba demasiado llena y decidió entrar. Pidió un cappuccino para llevar, al igual que el chico de delante de él. Pusieron los dos capuchinos y Sergio cogió el primero. Leyó el nombre. "Iván", ponía. El chico que estaba a su lado y antes delante de él, Iván, se rio. Sergio le dirigió una mirada y le espetó un "Perdona, ha sido un...” Iván le interrumpió y le dijo “Tranquilo, no ha sido nada.” Sergio entonces cogió su café y se marchó sin decir nada más. Iván se sentó a leer en uno de los sillones de la cafetería, pero antes de sumergirse en su lectura pensó en los ojos verdes de aquel chico. Sergio. “Bonito nombre”, pensó. Pero no creía que fuese a encontrarse con él de nuevo, simplemente fue una coincidencia, una casualidad de martes con sabor a cappuccino.
sábado, 23 de noviembre de 2013
Capítulo 1.
Martes. Sin duda esa era
una de las mañanas más frías desde que había comenzado el año, al menos de
momento. Eran mediados de enero, y a Iván le quedaban aún unos días de
vacaciones. Abrió lentamente un ojo para mirar el reloj que tenía en su
mesilla. Las 09:22. Decidió cerrar los ojos y quedarse retozando en la cama un
par de minutos más. Era de esos que no podía hacer las cosas hasta que el reloj
no marcase un minuto redondo. 09:30. Puso un pie en el suelo, pero rápidamente
lo subió al colchón, rebuscó entre las sábanas hasta dar con los calcetines y
se los puso. Fue al baño, se quitó el pijama y la ropa interior y se metió a
darse una ducha caliente. Dejó que el agua de la ducha recorriese todo su
cuerpo y relajase cada uno de sus músculos, desde el cuello, hasta los dedos de
los pies. La verdad es que Iván tenía un cuerpo muy bonito, de complexión
normal, pero fibrado. Si contamos sus facciones y rasgos de la cara marcados
ligeramente y le sumamos ese pelo castaño desenfadado, todo ello hacían de él
un chico atractivo. Cogió la toalla y salió de la ducha. Se la enrolló en la
cintura y se miró al espejo. Tenía los ojos color café y uno labios carnosos.
Llevaba una barba de unos dos días, y decidió que iba a dejársela un
tercero. Fue hacia su cuarto y lo miró
un momento desde la puerta. Estaba un poco desordenado. A pesar de ello, se
estaba adaptando muy bien a su nuevo rinconcito en el centro, y eso que apenas
llevaba dos meses viviendo solo.
Decidió independizarse
cuando llevaba unos seis meses trabajando y había dejado la universidad. El
motivo por el que se había emancipado fue el enfado que mostraron sus padres
ante la decisión de dejar los estudios. Aún recuerda como le gritaron sin
apenas darle opción a que hablara o fuese escuchado. Su madre fue la que peor
se lo tomó, su padre siempre había pasado un poco de él. Pero lo cierto era que
él no se sentía a gusto en el campus, y la carrera que había cursado por
agradar a sus padres no le llenaba. Siguió con su trabajo en la tienda, pero la
convivencia en su casa había empeorado bastante. Tras unas semanas aguantando
gritos, desprecios, y malas miradas por parte de su madre y un poco de su
padre, vio que cerca de la tienda donde trabajaba se alquilaba un piso, un
loft. Un viernes por la tarde, pidió salir un poco antes y que le cubrieran el
turno. Llamó al teléfono que resaltaba sobre el cartel naranja. Una voz
femenina le informó del piso y las condiciones de alquiler que tenía este. Iván
las sopesó y aceptó, y alrededor de las nueve llegó una agente inmobiliaria y
condujo a Iván dentro del piso. Observó las paredes y el interior del piso. Ya
estaba amueblado, por lo que solo necesitaría un par de retoques. Dio las
gracias a la agente y le dejó una fianza. La agente le dio las llaves con la
condición de que pagase el alquiler en esa semana. Estaba decidido. Finalizaría
esa semana en su nuevo piso. Llegó a casa más tarde de lo habitual, pero no
cruzó palabra con sus padres. Se sentó a la mesa, en la que había un silencio
al que Iván ya se había acostumbrado. Él no pensaba cenar, no tenía hambre. De
pronto, un sorbido que dio su padre a la sopa rompió el silencio. "-¿Dónde has estado para llegar tarde hoy?- le preguntó su
madre en un tono seco. Iván tardó un par de minutos en responder, se tomó su
tiempo para pensar la respuesta.
"-Me voy. He visto
un piso, pero no voy a deciros dónde. Al menos por ahora. Creo que nos vendrá
bien no saber nada los unos de los otros por un tiempo. He pagado ya la fianza,
y no me arrepiento. Estoy harto de los gritos, y de la convivencia que llevamos
teniendo desde hace un tiempo. No espero que lo entendáis, pues no lo busco.”
Su madre puso un
semblante amargo y con tono mártir, dijo:
“-Si no quieres saber nada
de nosotros, puedes irte ya.”
Su padre, como era de
esperar, no se pronunció. Llevaba haciendo esto desde que Iván dijo en casa que
estaba con alguien, y ese alguien era un chico. La primera vez que lo dijo fue
hace unos tres años, con dieciséis, diecisiete. En su casa les costó aceptarlo,
y él aún pensaba que no lo hicieron nunca del todo. Viendo la situación, Iván
se levantó de la mesa y cerró la puerta de su cuarto con tranquilidad. Empezó a
coger sus cosas y a meterlas en la maleta. Una vez recogió todo, salió de su
cuarto, miró a sus padres y les deseo que todo les fuese mejor ahora que tenían
una boca menos que alimentar. Sus padres le miraron, y tras un par de muecas
siguieron cenando. Iván cogió sus llaves, las del piso y las de casa de sus
padres, y se fue. Eran principios de noviembre y ese jueves hacía frío, pero lo
cierto es que el paseo nocturno hacia su nuevo piso le estaba sentado bien. Se
había quitado un peso de encima, y aunque el aire le azotaba la cara no le
importaba, estaba devolviéndole a la realidad. Paró de camino para comprar algo
de cena. Tampoco le quedaba mucho dinero teniendo en cuenta el pago del
alquiler, por lo que compró unos fideos instantáneos y se los comió por el
camino. Llegó al piso alrededor de las doce. Lo cierto era que tenía frío, así
que subió al loft deprisa. Dejó sus maletas en el recibidor y decidió que ya
las iría colocando poco a poco. Solo sacó un pijama. Se tumbó en el sofá
acurrucado, ya que no tenía nada más para abrigarse, y se echó su abrigo por
encima para mitigar el frío. Se puso sus cascos y eligió una lista de
reproducción que escuchar hasta quedarse dormido. Esa noche se sentía un poco
solo, pero era cuestión de acostumbrarse.
Un maullido le sacó de
sus pensamientos. Lu, su siamés, estaba merodeando por su cuarto. Pasó por la
pierna de Iván y empezó a ronronear. Iván le acarició y jugó un rato con él. Se
tumbó en la cama junto a él y recordó como ese pequeño felino había hecho que
no se sintiese tan solo desde hace un par de semanas.
Fue unos días antes de las vacaciones navideñas
cuando se encontró a esa bolita de pelo en una caja. Era un día lluvioso, y en
la esquina de la puerta de su edificio oyó un maullido bajito. Estaba abriendo
la puerta, pero quiso echar un vistazo antes. Unos ojos azules le miraban con
ternura. Se acercó y vio a un pequeño gato al que le temblaba el cuerpo. Iván
pensó que no le vendría mal algo de compañía en su apartamento, por lo que lo
cogió y lo metió dentro de su pecho, para que estuviese más abrigado. Una vez
en casa le puso algo de leche para que la tomase. Sin querer dio un codazo a
una caja de galletas y cayeron un par al suelo. El gato empezó a olisquear y a
comerse las migas, y se acercó a la pierna de Iván cuando terminó. El chico se
rio ante la ternura de su nuevo compañero. Le puso el bol de leche y el gato lo
terminó rápidamente. Iván guardó la caja de galletas "Lu". Lu. Buen
nombre para un gato, pero pensaría más. Iván fue a su habitación con intención
de dormirse, y vio al felino acurrucado entre sus cojines. Apagó las luces y se
metió a la cama. Unos minutos después notó que algo se revolvía en su cama. Se
giró y el pequeño animal se pegó a su pecho. Iván le pasó la mano por el lomo y
pensó "Buenas noches, Lu".
De pronto un rugido que
salió de su estómago le devolvió a su cuarto. Se levantó de la cama dejando allí
a Lu. Se dirigió a su armario y empezó a vestirse. Cogió una básica blanca de
pico, la camisa de cuadros roja y azul, unos vaqueros oscuros, y las botas de
borrego marrones. Se echó colonia, se enrolló la bufanda de ochos de color azul
marino al cuello, cogió su parka verde, los cascos y salió de su cuarto. Pasó
por la cocina con intención de desayunar, pero en el último momento se le
ocurrió desayunar fuera. Cogió las llaves y cerró la puerta. Se puso los cascos
y comenzó a bajar las escaleras de su edificio.
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