viernes, 6 de diciembre de 2013

Capítulo 3.




Llevaba ya un buen rato en la cafetería, pero lo cierto es que estaba tan absorto en su lectura que no había reparado en el tiempo. Estaba leyendo el libro de su película favorita, perfecta en cualquiera de estas dos para una fría tarde de invierno, “Querido John”. A Iván le encantaba esa película. Le parecía la pareja perfecta de actores, pero claro, con Channing Tatum a su lado cualquier chica lo resulta. Se sabía cada escena, cada diálogo, y cada carta que John y Savannah se escribían. Su frase favorita era la que decía que estuvieses donde estuvieses, tu pulgar siempre sería más grande que la luna. Lo comprobó en cada viaje que había hecho desde que vio la película por primera vez, y así era. Se le ocurrió mirar el móvil y descubrió un WhatsApp de Laura, su jefa. Además de su jefa, era también su amiga. Le acogió muy amablemente, y enseñó ella misma todo lo que necesitaba saber en la tienda. Leyó el mensaje. Hola Iván, sé que estás aún de vacaciones, pero... ¿Te importaría sustituirme en el turno de esta tarde? Luego te explico todo... ¡Te lo recompensaré! Iván decidió no contestar. Se levantó del sofá, cerró el libro y pensó tirar el vaso de cappuccino, pero en el último momento decidió guardarlo. Tenía la costumbre de guardar objetos que le trajeran algún recuerdo bonito por tonto que pudiese parecer.  En su apartamento guardaba entradas de cine, cartas, viejas fotos, billetes de avión, arena y conchas de playa... Y ese martes tan frío de enero había tenido un gracioso encuentro con un chico. Antes de salir de la cafetería, cogió una caja de seis sándwiches para llevar y un par de bebidas calientes. Las puso en la bolsa y echó a caminar. Por la mañana había estado bien el paseo hasta la cafetería, pero ahora cogería el metro para llegar a la tienda. El metro iba lleno de gente, pero Iván estaba acostumbrado, y tampoco le incomodaba. Total, solo eran tres paradas las que tenía que hacer. Cuando llegó a su parada se bajó y caminó un par de minutos hasta la tienda. Miró desde fuera y vio que estaba casi vacía, por lo que entró como un cliente más hasta que se fueron los pocos que quedaban. Saludó alegremente a Laura y la abrazó. Laura contestó a su abrazo y, observando las bolsas que llevaba el chico en la mano, le preguntó:
“-¿Y esas bolsas? ¿Ya te has comprado un caprichito?
-Que va... -respondió Iván riendo.- Es que te he traído la comida. Como contigo y me explicas que ha pasado. Por cierto, te hago el turno, ¿eh?
-Gracias Iván, eres un encanto... Pues nada, es Darío, que lleva unos días malo y me han llamado de la guardería diciéndome que estaba dormido porque se encontraba mal, así que voy a llevarle al médico...
-Aish, pobrecito... Pues me vas contando lo que es, ¿vale? Venga, vete, anda, ¡qué ya me quedo yo!
-¿De verdad? Ay, Iván... Ay, te lo recompensaré, de veras...
Laura le dio un beso, cogió un tercer sándwich de la caja para el camino, se despidió de Iván y se fue. A Iván le encantaba Darío. Era un bebé regordete de esos de anuncio, con unos mofletes y una cara angelical. Nunca lloraba ni protestaba mucho. Iván le había cuidado un par de veces y el niño se reía mucho con él. Lo cierto es que él era muy niñero, le encantaban los niños, y tenía mano para ellos. Quizás porque sabía sacar el niño que llevaba dentro cuando estaba con ellos... Y cuando no, también. Como era la hora de la comida y apenas había gente por el centro, Iván sacó el libro y se puso a leer. Iba por la parte en la que Savannah va a comer a casa de John por primera vez. Lasagna, como todos los domingos. Pasó un buen rato y poco a poco la tienda empezó a verse más animada. 


Iván, desde la caja, jugó a imaginarse la vida de sus clientes. En una esquina había una chica con gafas mirando vestidos. Iván pensó que sería aquella chica que no se siente guapa, y que se levanta todos los días queriendo ser otra. Decidió ir a echarle una mano.

“-Hola, ¿puedo ayudarte en algo? ¿Buscabas algo en concreto?
-Eh, eh... Esto... No, yo... Solo estaba mirando los vestidos.-dijo la chica un poco ruborizada.
-Ahá, por supuesto.-Iván la miró. Tenía una melena rizada y pelirroja, y la cara ligeramente salpicada de pequeñas pecas. Llevaba unas gafas de pasta negras, y no la sentaban mal. Ojeó los vestidos y cogió uno de media manga color salmón, con un fino cinturón ocre a la cintura.- Creo que este te sentaría de maravilla, ¿qué tal si te lo pruebas?”
La chica se ruborizó, pero sonrió y se metió a un probador. Iván espero hasta que salió. Lo cierto es que el vestido la sentaba muy bien. Realzaba sus curvas y sus colores naturales. La chica se miró al espejo algo cabizbaja.

“-Estás muy dulce, y muy guapa.-le dijo Iván. Observó como la chica sonreía tímidamente en el espejo y se le iluminaba la mirada. Debía tener problemas de autoestima, pero no le eran necesarios.- ¿Te lo llevas?”
La chica asintió. De camino a la caja, Iván cogió un pequeño collar con un búho de color bronce. Cuando llegaron a la caja, cobró el vestido y lo metió en la bolsa junto con el collar. La 
chica, al darse cuenta, le dijo:

“-Un momento, el collar no...
-Shhhh... -le contestó él, sonriendo. Sacó unas monedas de su cartera y las puso en la caja registradora para pagar el collar. De pronto vio como la chica se secaba una lágrima, emocionada y agradecida por el gesto que había tenido con ella.- Gracias por tu compra, cariño. Y sonríe, también te quedará bien con el vestido.”
Ella le dio las gracias aún emocionada, y se marchó de la tienda con una sonrisa de oreja a oreja.

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