Llevaba ya un buen rato
en la cafetería, pero lo cierto es que estaba tan absorto en su lectura que no
había reparado en el tiempo. Estaba leyendo el libro de su película favorita, perfecta
en cualquiera de estas dos para una fría tarde de invierno, “Querido John”. A Iván le encantaba esa
película. Le parecía la pareja perfecta de actores, pero claro, con Channing
Tatum a su lado cualquier chica lo resulta. Se sabía cada escena, cada diálogo,
y cada carta que John y Savannah se escribían. Su frase favorita era la que decía
que estuvieses donde estuvieses, tu pulgar siempre sería más grande que la
luna. Lo comprobó en cada viaje que había hecho desde que vio la película por
primera vez, y así era. Se le ocurrió mirar el móvil y descubrió un WhatsApp de
Laura, su jefa. Además de su jefa, era también su amiga. Le acogió muy
amablemente, y enseñó ella misma todo lo que necesitaba saber en la tienda. Leyó
el mensaje. “Hola Iván, sé que estás aún de vacaciones,
pero... ¿Te importaría sustituirme en el turno de esta
tarde? Luego te explico todo... ¡Te lo recompensaré!” Iván decidió no contestar. Se levantó del sofá, cerró el
libro y pensó tirar el vaso de cappuccino, pero en el último momento decidió
guardarlo. Tenía la costumbre de guardar objetos que le trajeran algún recuerdo
bonito por tonto que pudiese parecer. En
su apartamento guardaba entradas de cine, cartas, viejas fotos, billetes de avión,
arena y conchas de playa... Y ese martes tan frío de enero había tenido un
gracioso encuentro con un chico. Antes de salir de la cafetería, cogió una caja
de seis sándwiches para llevar y un par de bebidas calientes. Las puso en la
bolsa y echó a caminar. Por la mañana había estado bien el paseo hasta la
cafetería, pero ahora cogería el metro para llegar a la tienda. El metro iba
lleno de gente, pero Iván estaba acostumbrado, y tampoco le incomodaba. Total,
solo eran tres paradas las que tenía que hacer. Cuando llegó a su parada se bajó
y caminó un par de minutos hasta la tienda. Miró desde fuera y vio que estaba
casi vacía, por lo que entró como un cliente más hasta que se fueron los pocos
que quedaban. Saludó alegremente a Laura y la abrazó. Laura contestó a su
abrazo y, observando las bolsas que llevaba el chico en la mano, le preguntó:
“-¿Y
esas bolsas? ¿Ya te has comprado un caprichito?
-Que va... -respondió Iván
riendo.- Es que te he traído la comida. Como contigo y me explicas que ha
pasado. Por cierto, te hago el turno, ¿eh?
-Gracias Iván, eres un
encanto... Pues nada, es Darío, que lleva unos días malo y me han llamado de la
guardería diciéndome que estaba dormido porque se encontraba mal, así que voy a
llevarle al médico...
-Aish, pobrecito... Pues
me vas contando lo que es, ¿vale? Venga, vete, anda, ¡qué ya me quedo yo!
-¿De
verdad? Ay, Iván... Ay, te lo recompensaré, de veras...”
Laura le dio un beso, cogió un tercer sándwich de la caja para el
camino, se despidió de Iván y se fue. A Iván le encantaba Darío. Era un bebé
regordete de esos de anuncio, con unos mofletes y una cara angelical. Nunca
lloraba ni protestaba mucho. Iván le había cuidado un par de veces y el niño se
reía mucho con él. Lo cierto es que él era muy niñero, le encantaban los niños,
y tenía mano para ellos. Quizás porque sabía sacar el niño que llevaba dentro
cuando estaba con ellos... Y cuando no, también. Como era la hora de la comida
y apenas había gente por el centro, Iván sacó el libro y se puso a leer. Iba
por la parte en la que Savannah va a comer a casa de John por primera vez.
Lasagna, como todos los domingos. Pasó un buen rato y poco a poco la tienda
empezó a verse más animada.
Iván, desde la caja, jugó
a imaginarse la vida de sus clientes. En una esquina había una chica con gafas
mirando vestidos. Iván pensó que sería aquella chica que no se siente guapa, y
que se levanta todos los días queriendo ser otra. Decidió ir a echarle una
mano.
“-Hola, ¿puedo ayudarte en algo? ¿Buscabas algo en concreto?
-Eh, eh... Esto... No,
yo... Solo estaba mirando los vestidos.-dijo la chica un poco ruborizada.
-Ahá, por supuesto.-Iván
la miró. Tenía una melena rizada y pelirroja, y la cara ligeramente salpicada
de pequeñas pecas. Llevaba unas gafas de pasta negras, y no la sentaban mal.
Ojeó los vestidos y cogió uno de media manga color salmón, con un fino cinturón
ocre a la cintura.- Creo que este te sentaría de maravilla, ¿qué
tal si te lo pruebas?”
La chica se ruborizó,
pero sonrió y se metió a un probador. Iván espero hasta que salió. Lo cierto es
que el vestido la sentaba muy bien. Realzaba sus curvas y sus colores
naturales. La chica se miró al espejo algo cabizbaja.
“-Estás muy dulce, y muy guapa.-le dijo Iván. Observó como la chica sonreía tímidamente en el espejo y se le iluminaba la mirada. Debía tener problemas de autoestima, pero no le eran necesarios.- ¿Te lo llevas?”
La chica asintió. De
camino a la caja, Iván cogió un pequeño collar con un búho de color bronce.
Cuando llegaron a la caja, cobró el vestido y lo metió en la bolsa junto con el
collar. La
chica, al darse cuenta, le dijo:
chica, al darse cuenta, le dijo:
“-Un momento, el collar no...
-Shhhh... -le contestó él,
sonriendo. Sacó unas monedas de su cartera y las puso en la caja registradora
para pagar el collar. De pronto vio como la chica se
secaba una lágrima, emocionada y agradecida por el gesto que había tenido con
ella.- Gracias por tu compra, cariño. Y sonríe, también te quedará bien con el
vestido.”
Ella le dio las gracias aún emocionada, y se marchó de la tienda con una
sonrisa de oreja a oreja.
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