Martes. Sin duda esa era
una de las mañanas más frías desde que había comenzado el año, al menos de
momento. Eran mediados de enero, y a Iván le quedaban aún unos días de
vacaciones. Abrió lentamente un ojo para mirar el reloj que tenía en su
mesilla. Las 09:22. Decidió cerrar los ojos y quedarse retozando en la cama un
par de minutos más. Era de esos que no podía hacer las cosas hasta que el reloj
no marcase un minuto redondo. 09:30. Puso un pie en el suelo, pero rápidamente
lo subió al colchón, rebuscó entre las sábanas hasta dar con los calcetines y
se los puso. Fue al baño, se quitó el pijama y la ropa interior y se metió a
darse una ducha caliente. Dejó que el agua de la ducha recorriese todo su
cuerpo y relajase cada uno de sus músculos, desde el cuello, hasta los dedos de
los pies. La verdad es que Iván tenía un cuerpo muy bonito, de complexión
normal, pero fibrado. Si contamos sus facciones y rasgos de la cara marcados
ligeramente y le sumamos ese pelo castaño desenfadado, todo ello hacían de él
un chico atractivo. Cogió la toalla y salió de la ducha. Se la enrolló en la
cintura y se miró al espejo. Tenía los ojos color café y uno labios carnosos.
Llevaba una barba de unos dos días, y decidió que iba a dejársela un
tercero. Fue hacia su cuarto y lo miró
un momento desde la puerta. Estaba un poco desordenado. A pesar de ello, se
estaba adaptando muy bien a su nuevo rinconcito en el centro, y eso que apenas
llevaba dos meses viviendo solo.
Decidió independizarse
cuando llevaba unos seis meses trabajando y había dejado la universidad. El
motivo por el que se había emancipado fue el enfado que mostraron sus padres
ante la decisión de dejar los estudios. Aún recuerda como le gritaron sin
apenas darle opción a que hablara o fuese escuchado. Su madre fue la que peor
se lo tomó, su padre siempre había pasado un poco de él. Pero lo cierto era que
él no se sentía a gusto en el campus, y la carrera que había cursado por
agradar a sus padres no le llenaba. Siguió con su trabajo en la tienda, pero la
convivencia en su casa había empeorado bastante. Tras unas semanas aguantando
gritos, desprecios, y malas miradas por parte de su madre y un poco de su
padre, vio que cerca de la tienda donde trabajaba se alquilaba un piso, un
loft. Un viernes por la tarde, pidió salir un poco antes y que le cubrieran el
turno. Llamó al teléfono que resaltaba sobre el cartel naranja. Una voz
femenina le informó del piso y las condiciones de alquiler que tenía este. Iván
las sopesó y aceptó, y alrededor de las nueve llegó una agente inmobiliaria y
condujo a Iván dentro del piso. Observó las paredes y el interior del piso. Ya
estaba amueblado, por lo que solo necesitaría un par de retoques. Dio las
gracias a la agente y le dejó una fianza. La agente le dio las llaves con la
condición de que pagase el alquiler en esa semana. Estaba decidido. Finalizaría
esa semana en su nuevo piso. Llegó a casa más tarde de lo habitual, pero no
cruzó palabra con sus padres. Se sentó a la mesa, en la que había un silencio
al que Iván ya se había acostumbrado. Él no pensaba cenar, no tenía hambre. De
pronto, un sorbido que dio su padre a la sopa rompió el silencio. "-¿Dónde has estado para llegar tarde hoy?- le preguntó su
madre en un tono seco. Iván tardó un par de minutos en responder, se tomó su
tiempo para pensar la respuesta.
"-Me voy. He visto
un piso, pero no voy a deciros dónde. Al menos por ahora. Creo que nos vendrá
bien no saber nada los unos de los otros por un tiempo. He pagado ya la fianza,
y no me arrepiento. Estoy harto de los gritos, y de la convivencia que llevamos
teniendo desde hace un tiempo. No espero que lo entendáis, pues no lo busco.”
Su madre puso un
semblante amargo y con tono mártir, dijo:
“-Si no quieres saber nada
de nosotros, puedes irte ya.”
Su padre, como era de
esperar, no se pronunció. Llevaba haciendo esto desde que Iván dijo en casa que
estaba con alguien, y ese alguien era un chico. La primera vez que lo dijo fue
hace unos tres años, con dieciséis, diecisiete. En su casa les costó aceptarlo,
y él aún pensaba que no lo hicieron nunca del todo. Viendo la situación, Iván
se levantó de la mesa y cerró la puerta de su cuarto con tranquilidad. Empezó a
coger sus cosas y a meterlas en la maleta. Una vez recogió todo, salió de su
cuarto, miró a sus padres y les deseo que todo les fuese mejor ahora que tenían
una boca menos que alimentar. Sus padres le miraron, y tras un par de muecas
siguieron cenando. Iván cogió sus llaves, las del piso y las de casa de sus
padres, y se fue. Eran principios de noviembre y ese jueves hacía frío, pero lo
cierto es que el paseo nocturno hacia su nuevo piso le estaba sentado bien. Se
había quitado un peso de encima, y aunque el aire le azotaba la cara no le
importaba, estaba devolviéndole a la realidad. Paró de camino para comprar algo
de cena. Tampoco le quedaba mucho dinero teniendo en cuenta el pago del
alquiler, por lo que compró unos fideos instantáneos y se los comió por el
camino. Llegó al piso alrededor de las doce. Lo cierto era que tenía frío, así
que subió al loft deprisa. Dejó sus maletas en el recibidor y decidió que ya
las iría colocando poco a poco. Solo sacó un pijama. Se tumbó en el sofá
acurrucado, ya que no tenía nada más para abrigarse, y se echó su abrigo por
encima para mitigar el frío. Se puso sus cascos y eligió una lista de
reproducción que escuchar hasta quedarse dormido. Esa noche se sentía un poco
solo, pero era cuestión de acostumbrarse.
Un maullido le sacó de
sus pensamientos. Lu, su siamés, estaba merodeando por su cuarto. Pasó por la
pierna de Iván y empezó a ronronear. Iván le acarició y jugó un rato con él. Se
tumbó en la cama junto a él y recordó como ese pequeño felino había hecho que
no se sintiese tan solo desde hace un par de semanas.
Fue unos días antes de las vacaciones navideñas
cuando se encontró a esa bolita de pelo en una caja. Era un día lluvioso, y en
la esquina de la puerta de su edificio oyó un maullido bajito. Estaba abriendo
la puerta, pero quiso echar un vistazo antes. Unos ojos azules le miraban con
ternura. Se acercó y vio a un pequeño gato al que le temblaba el cuerpo. Iván
pensó que no le vendría mal algo de compañía en su apartamento, por lo que lo
cogió y lo metió dentro de su pecho, para que estuviese más abrigado. Una vez
en casa le puso algo de leche para que la tomase. Sin querer dio un codazo a
una caja de galletas y cayeron un par al suelo. El gato empezó a olisquear y a
comerse las migas, y se acercó a la pierna de Iván cuando terminó. El chico se
rio ante la ternura de su nuevo compañero. Le puso el bol de leche y el gato lo
terminó rápidamente. Iván guardó la caja de galletas "Lu". Lu. Buen
nombre para un gato, pero pensaría más. Iván fue a su habitación con intención
de dormirse, y vio al felino acurrucado entre sus cojines. Apagó las luces y se
metió a la cama. Unos minutos después notó que algo se revolvía en su cama. Se
giró y el pequeño animal se pegó a su pecho. Iván le pasó la mano por el lomo y
pensó "Buenas noches, Lu".
De pronto un rugido que
salió de su estómago le devolvió a su cuarto. Se levantó de la cama dejando allí
a Lu. Se dirigió a su armario y empezó a vestirse. Cogió una básica blanca de
pico, la camisa de cuadros roja y azul, unos vaqueros oscuros, y las botas de
borrego marrones. Se echó colonia, se enrolló la bufanda de ochos de color azul
marino al cuello, cogió su parka verde, los cascos y salió de su cuarto. Pasó
por la cocina con intención de desayunar, pero en el último momento se le
ocurrió desayunar fuera. Cogió las llaves y cerró la puerta. Se puso los cascos
y comenzó a bajar las escaleras de su edificio.
Que sepas que me ha encantado *-*
ResponderEliminarHe odiado un poco (bastante) a los padres de Iván, yo pienso que cada uno debe hacer lo que quiera, no lo que quieran los demás. Me gusta la decisión de irse de casa y aventurarse en algo nuevo :3 Aww, y Lu noshfdrsduifbrdifrbgfgfgi *-* hahaha
En fin, que quiero ya el próximo capítulo :((
Besitos :3
Bueno, es la realidad de muchos gays, así que... En realidad no odias a los padres de Iván, si no a todos los que son así. Jajaja, muchas gracias por los halagos. <3
ResponderEliminar