sábado, 11 de enero de 2014

Capítulo 5.


 Se despertó sudado en la cama por el dolor en el costado. "Agh, maldición." pensó Sergio. Ayer se había caído con la moto, y debería de ir al hospital, aunque solo fuese para que le echasen un vistazo. Miró el reloj, y apenas eran las siete de la mañana. Decidió levantarse y darse una ducha, pues sabía que no iba a poder volver a dormirse. Entró al baño y encendió la luz. Le molestaba en los ojos, así que se lavo la cara antes de ducharse para acostumbrar la vista a la luz. Se observó la herida en el espejo. Lo cierto es que no era una herida en sí, mas bien un moratón, pero le ocupaba al menos medio costado izquierdo. Se palpó la zona golpeada y los alrededores, pero retiró la mano. Lo cierto es que le dolía un poco. Se quitó el pantalón de pijama y la ropa interior y se metió a la ducha. Dejó que el agua caliente le empapase, y luego descolgó la ducha y la mantuvo un buen rato en el golpe. Era agradable la sensación de calor que le producía. Se enjabonó bien el cuerpo y el costado, paga tenerlo limpio para cuando fuese al médico. Se quitó todo el jabón, se quedó un rato disfrutando del agua y se salió. Mientras se alborotaba un poco el pelo para secarlo y peinarlo un poco, abrió el armario. Cogió una camiseta blanca, unos vaqueros rotos y unas botas. Se vistió sin hacer mucho esfuerzo, el costado le dolía bastante. Cogió una cazadora y demás y salió de su casa. Decidió que daría un paseo, pues su moto estaba en el taller, donde le arreglarían los rasguños que se hizo, y no le apetecía coger el transporte público. Además, así le daba un poco el aire, y total, tampoco estaba muy lejos del hospital. De camino, fue observando todos los escaparates, y en algunos aún quedaba algo de espíritu navideño. Un par de luces por un lado, adornos por el otro, algodón por la base simulando la nieve... La mayoría se estaba desprendiendo de los adornos, o ya no los tenían siquiera puestos, y una parte de los que los tenían era por la pereza de quitarlos, pero no todos eran así. Aunque a Sergio le gustaba que ya no hubiese esos adornos porque ya no era navidad, también le agradaba pensar que había gente que aún conservaba el espíritu navideño, algo difícil tal y como estaban las cosas hoy en día. Tras un buen paseo llegó al hospital, donde le mandaron a un médico de cabecera, no sin antes pasar por recepción, pedirle sus datos y crearle un historial médico. 
Fue a coger el ascensor, no le apetecía hacer el esfuerzo de subir las escaleras. De pronto el ascensor se abrió, y de él salió un cúmulo de gente. Cuando entró, reparó en que había otra persona dentro. Un chico. Un chico con los ojos color café, y los labios carnosos. Lo cierto es que le sonaba su cara. El otro chico también se dió cuenta, le miró, bajó la cabeza y sonrió. Entonces Sergio cayó en la cuenta. El chico del café, de su mismo café. "¿Cómo se llamaba? Y, ¿por qué me sonríe? Ah, sí... Iván." Recuerda su encuentro en la cafetería y la torpeza de la chica que les sirvió los cappuccinos. Que coincidencia, no hace ni siquiera 24 horas desde que coincidió con Iván, y ahora le vuelve a ver, solo que él con una herida en el costado. ¿Que le traería a Iván al hospital? Le miró, y pensó que quizá podría preguntarle, pero no se conocían ni siquiera de un día. Le pareció que Iván le correspondía con la mirada y esbozaba una pequeña sonrisa al mismo tiempo. En otro momento él le hubiese correspondido, simplemente por educación, pero esta vez estaba demasiado dolorido como para sonreír. De pronto, el ascensor pegó un bote y comenzaron a abrirse las puertas de este. Sergio se desequilibró. El chico del ascensor, Iván, le sujetó de un brazo para evitar que se cayese por completo. Sergio se agarró a su brazo y echó una maldición por lo bajo. El costado parecía haber notado el bote también, y se lo hizo saber. De pronto, vio que Iván le miraba extrañado. Quizá debió pensarse que esa maldición iba referida a él. Sergio se incorporó rápidamente algo avergonzado. “¿Por qué me avergüenzo?”, pensó. 
“-No iba por ti la maldición de antes, iba por... Bueno, no importa. Creo que esta es tu planta, “Pediatría”... 
-Ah, esto... No te preocupes. Sí, tienes razón.” 
Antes de que Iván saliese del ascensor y casi sin darse cuenta, Sergio movió su brazo y agarró la muñeca de Iván. “Gracias”, le dijo. Iván esbozó otra sonrisa como la de antes y se marchó, dejándole solo en el ascensor. Sergio volvió a pensar, “¿Por qué me habré avergonzado al maldecir?".

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