Mientras tanto, cerca del
centro, Sergio buscaba un sitio donde aparcar su moto. Después de volver a
pisar el piso que sus padres le dejaron al morir y dejar allí sus cosas, tuvo
que salir a despejarse un poco. Aquella casa estaba llena de fotos, y de algún
que otro recuerdo, y Sergio aún no estaba preparado para pasar tiempo en un
lugar donde aún vivía la esencia de sus padres. Volver de Londres le había
costado, pero decidió que sería lo mejor; Hacía ya unos meses que no se
encontraba a gusto, desde la muerte de sus padres, quizá.
Sergio recuerda como le
llamaron al móvil en un mediodía de resaca; al descolgar el teléfono le
comunicaron que sus padres habían tenido un accidente de tráfico, y que no
pudieron hacer nada por salvarlos. Sergio pegó un par de puñetazos a la pared
por la rabia al finalizar la llamada de teléfono. Pero nada más. No quería ver
a nadie de su familia ni conocidos, además le sería inútil viajar a Madrid a
ver a sus padres, no podría ya hacer nada por mucho que quisiese. Por un
momento pensó lo frío que le había vuelto esa ciudad. Pasados unos días, recibió
una carta de un tío lejano. Este le decía que le enviaría un dinero todos los
meses para que pudiese hacer algo más que sobrevivir. También adjuntaba las
llaves del piso que sus padres tenían, por si quería volver a Madrid. Sergio lo
sopesó, y unos meses después estaba poniendo rumbo a Madrid. Al fin y al cabo
no dejaba tanto allí. Solo se dejaba algo. Alguien, más bien. Se llamaba
Bridgit. La conoció sirviendo copas en el bar donde trabajaba para pagarse el
hostal en el que dormía. Siempre pedía un Cosmopolitan o un San Francisco.
Comenzaron a hablar por el sabor de este último. Luego pasaron a hablar del
puente de esa ciudad. Y acabaron despertando en el motel de Sergio. Y así
durante varias noches más. Habían salido juntos en alguna ocasión, pero para
Sergio no significó mucho. En cambio, él piensa que ella estaba enamorada.
Locuras que ocurren en los viajes, así decidió etiquetarlo Sergio.
Un par de bocinazos
procedentes de un coche amarillo le devolvieron a las ajetreadas calles de
Madrid por un par de minutos, pero volvió a perderse en sus pensamientos.
No había sido muy cortés por su parte irse de
Londres sin despedirse de ella. Pensó que así no sufriría tanto y le resultaría
más fácil olvidarse de él y de volver a verle.
Más bocinazos otra vez. Sergio decidió parar de recordar y prestar algo más de atención a la carretera. Ya no estaba en Londres, sino en Madrid. Lo mejor sería habituarse de nuevo cuanto antes. Por fin encontró un hueco donde dejar el vehículo. Se bajó, le puso la cadena y empezó a caminar. Un año sin pisar Madrid y le había parecido mucho más. Debe admitir que la nostalgia le invadió un par de veces allí en Londres. Lo cierto es que echaba de menos Madrid. De pronto un escalofrío recorrió su cuerpo. Iba con una gabardina marrón oscuro, vaqueros desgastados, una sudadera gris y unas Panama Jack por fuera de los pantalones. No iba a poder aguantar el frío mucho más, así que siguió caminando hasta encontrar una cafetería medianamente acogedora, que no le vendría mal en esos momentos. Vio una que no estaba demasiado llena y decidió entrar. Pidió un cappuccino para llevar, al igual que el chico de delante de él. Pusieron los dos capuchinos y Sergio cogió el primero. Leyó el nombre. "Iván", ponía. El chico que estaba a su lado y antes delante de él, Iván, se rio. Sergio le dirigió una mirada y le espetó un "Perdona, ha sido un...” Iván le interrumpió y le dijo “Tranquilo, no ha sido nada.” Sergio entonces cogió su café y se marchó sin decir nada más. Iván se sentó a leer en uno de los sillones de la cafetería, pero antes de sumergirse en su lectura pensó en los ojos verdes de aquel chico. Sergio. “Bonito nombre”, pensó. Pero no creía que fuese a encontrarse con él de nuevo, simplemente fue una coincidencia, una casualidad de martes con sabor a cappuccino.
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