sábado, 30 de noviembre de 2013

Capítulo 2.




Mientras tanto, cerca del centro, Sergio buscaba un sitio donde aparcar su moto. Después de volver a pisar el piso que sus padres le dejaron al morir y dejar allí sus cosas, tuvo que salir a despejarse un poco. Aquella casa estaba llena de fotos, y de algún que otro recuerdo, y Sergio aún no estaba preparado para pasar tiempo en un lugar donde aún vivía la esencia de sus padres. Volver de Londres le había costado, pero decidió que sería lo mejor; Hacía ya unos meses que no se encontraba a gusto, desde la muerte de sus padres, quizá.



Sergio recuerda como le llamaron al móvil en un mediodía de resaca; al descolgar el teléfono le comunicaron que sus padres habían tenido un accidente de tráfico, y que no pudieron hacer nada por salvarlos. Sergio pegó un par de puñetazos a la pared por la rabia al finalizar la llamada de teléfono. Pero nada más. No quería ver a nadie de su familia ni conocidos, además le sería inútil viajar a Madrid a ver a sus padres, no podría ya hacer nada por mucho que quisiese. Por un momento pensó lo frío que le había vuelto esa ciudad. Pasados unos días, recibió una carta de un tío lejano. Este le decía que le enviaría un dinero todos los meses para que pudiese hacer algo más que sobrevivir. También adjuntaba las llaves del piso que sus padres tenían, por si quería volver a Madrid. Sergio lo sopesó, y unos meses después estaba poniendo rumbo a Madrid. Al fin y al cabo no dejaba tanto allí. Solo se dejaba algo. Alguien, más bien. Se llamaba Bridgit. La conoció sirviendo copas en el bar donde trabajaba para pagarse el hostal en el que dormía. Siempre pedía un Cosmopolitan o un San Francisco. Comenzaron a hablar por el sabor de este último. Luego pasaron a hablar del puente de esa ciudad. Y acabaron despertando en el motel de Sergio. Y así durante varias noches más. Habían salido juntos en alguna ocasión, pero para Sergio no significó mucho. En cambio, él piensa que ella estaba enamorada. Locuras que ocurren en los viajes, así decidió etiquetarlo Sergio.



Un par de bocinazos procedentes de un coche amarillo le devolvieron a las ajetreadas calles de Madrid por un par de minutos, pero volvió a perderse en sus pensamientos.



 No había sido muy cortés por su parte irse de Londres sin despedirse de ella. Pensó que así no sufriría tanto y le resultaría más fácil olvidarse de él y de volver a verle.

Más bocinazos otra vez. Sergio decidió parar de recordar y prestar algo más de atención a la carretera. Ya no estaba en Londres, sino en Madrid. Lo mejor sería habituarse de nuevo cuanto antes. Por fin encontró un hueco donde dejar el vehículo. Se bajó, le puso la cadena y empezó a caminar. Un año sin pisar Madrid y le había parecido mucho más. Debe admitir que la nostalgia le invadió un par de veces allí en Londres. Lo cierto es que echaba de menos Madrid. De pronto un escalofrío recorrió su cuerpo. Iba con una gabardina marrón oscuro, vaqueros desgastados, una sudadera gris y unas Panama Jack por fuera de los pantalones. No iba a poder aguantar el frío mucho más, así que siguió caminando hasta encontrar una cafetería medianamente acogedora, que no le vendría mal en esos momentos. Vio una que no estaba demasiado llena y decidió entrar. Pidió un cappuccino para llevar, al igual que el chico de delante de él. Pusieron los dos capuchinos y Sergio cogió el primero. Leyó el nombre. "Iván", ponía. El chico que estaba a su lado y antes delante de él, Iván, se rio. Sergio le dirigió una mirada y le espetó un "Perdona, ha sido un... Iván le interrumpió y le dijo Tranquilo, no ha sido nada. Sergio entonces cogió su café y se marchó sin decir nada más. Iván se sentó a leer en uno de los sillones de la cafetería, pero antes de sumergirse en su lectura pensó en los ojos verdes de aquel chico. Sergio. Bonito nombre, pensó. Pero no creía que fuese a encontrarse con él de nuevo, simplemente fue una coincidencia, una casualidad de martes con sabor a cappuccino.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Capítulo 1.






Martes. Sin duda esa era una de las mañanas más frías desde que había comenzado el año, al menos de momento. Eran mediados de enero, y a Iván le quedaban aún unos días de vacaciones. Abrió lentamente un ojo para mirar el reloj que tenía en su mesilla. Las 09:22. Decidió cerrar los ojos y quedarse retozando en la cama un par de minutos más. Era de esos que no podía hacer las cosas hasta que el reloj no marcase un minuto redondo. 09:30. Puso un pie en el suelo, pero rápidamente lo subió al colchón, rebuscó entre las sábanas hasta dar con los calcetines y se los puso. Fue al baño, se quitó el pijama y la ropa interior y se metió a darse una ducha caliente. Dejó que el agua de la ducha recorriese todo su cuerpo y relajase cada uno de sus músculos, desde el cuello, hasta los dedos de los pies. La verdad es que Iván tenía un cuerpo muy bonito, de complexión normal, pero fibrado. Si contamos sus facciones y rasgos de la cara marcados ligeramente y le sumamos ese pelo castaño desenfadado, todo ello hacían de él un chico atractivo. Cogió la toalla y salió de la ducha. Se la enrolló en la cintura y se miró al espejo. Tenía los ojos color café y uno labios carnosos. Llevaba una barba de unos dos días, y decidió que iba a dejársela un tercero.  Fue hacia su cuarto y lo miró un momento desde la puerta. Estaba un poco desordenado. A pesar de ello, se estaba adaptando muy bien a su nuevo rinconcito en el centro, y eso que apenas llevaba dos meses viviendo solo.



Decidió independizarse cuando llevaba unos seis meses trabajando y había dejado la universidad. El motivo por el que se había emancipado fue el enfado que mostraron sus padres ante la decisión de dejar los estudios. Aún recuerda como le gritaron sin apenas darle opción a que hablara o fuese escuchado. Su madre fue la que peor se lo tomó, su padre siempre había pasado un poco de él. Pero lo cierto era que él no se sentía a gusto en el campus, y la carrera que había cursado por agradar a sus padres no le llenaba. Siguió con su trabajo en la tienda, pero la convivencia en su casa había empeorado bastante. Tras unas semanas aguantando gritos, desprecios, y malas miradas por parte de su madre y un poco de su padre, vio que cerca de la tienda donde trabajaba se alquilaba un piso, un loft. Un viernes por la tarde, pidió salir un poco antes y que le cubrieran el turno. Llamó al teléfono que resaltaba sobre el cartel naranja. Una voz femenina le informó del piso y las condiciones de alquiler que tenía este. Iván las sopesó y aceptó, y alrededor de las nueve llegó una agente inmobiliaria y condujo a Iván dentro del piso. Observó las paredes y el interior del piso. Ya estaba amueblado, por lo que solo necesitaría un par de retoques. Dio las gracias a la agente y le dejó una fianza. La agente le dio las llaves con la condición de que pagase el alquiler en esa semana. Estaba decidido. Finalizaría esa semana en su nuevo piso. Llegó a casa más tarde de lo habitual, pero no cruzó palabra con sus padres. Se sentó a la mesa, en la que había un silencio al que Iván ya se había acostumbrado. Él no pensaba cenar, no tenía hambre. De pronto, un sorbido que dio su padre a la sopa rompió el silencio. "-¿Dónde has estado para llegar tarde hoy?- le preguntó su madre en un tono seco. Iván tardó un par de minutos en responder, se tomó su tiempo para pensar la respuesta.



"-Me voy. He visto un piso, pero no voy a deciros dónde. Al menos por ahora. Creo que nos vendrá bien no saber nada los unos de los otros por un tiempo. He pagado ya la fianza, y no me arrepiento. Estoy harto de los gritos, y de la convivencia que llevamos teniendo desde hace un tiempo. No espero que lo entendáis, pues no lo busco.



Su madre puso un semblante amargo y con tono mártir, dijo:



“-Si no quieres saber nada de nosotros, puedes irte ya.



Su padre, como era de esperar, no se pronunció. Llevaba haciendo esto desde que Iván dijo en casa que estaba con alguien, y ese alguien era un chico. La primera vez que lo dijo fue hace unos tres años, con dieciséis, diecisiete. En su casa les costó aceptarlo, y él aún pensaba que no lo hicieron nunca del todo. Viendo la situación, Iván se levantó de la mesa y cerró la puerta de su cuarto con tranquilidad. Empezó a coger sus cosas y a meterlas en la maleta. Una vez recogió todo, salió de su cuarto, miró a sus padres y les deseo que todo les fuese mejor ahora que tenían una boca menos que alimentar. Sus padres le miraron, y tras un par de muecas siguieron cenando. Iván cogió sus llaves, las del piso y las de casa de sus padres, y se fue. Eran principios de noviembre y ese jueves hacía frío, pero lo cierto es que el paseo nocturno hacia su nuevo piso le estaba sentado bien. Se había quitado un peso de encima, y aunque el aire le azotaba la cara no le importaba, estaba devolviéndole a la realidad. Paró de camino para comprar algo de cena. Tampoco le quedaba mucho dinero teniendo en cuenta el pago del alquiler, por lo que compró unos fideos instantáneos y se los comió por el camino. Llegó al piso alrededor de las doce. Lo cierto era que tenía frío, así que subió al loft deprisa. Dejó sus maletas en el recibidor y decidió que ya las iría colocando poco a poco. Solo sacó un pijama. Se tumbó en el sofá acurrucado, ya que no tenía nada más para abrigarse, y se echó su abrigo por encima para mitigar el frío. Se puso sus cascos y eligió una lista de reproducción que escuchar hasta quedarse dormido. Esa noche se sentía un poco solo, pero era cuestión de acostumbrarse.



Un maullido le sacó de sus pensamientos. Lu, su siamés, estaba merodeando por su cuarto. Pasó por la pierna de Iván y empezó a ronronear. Iván le acarició y jugó un rato con él. Se tumbó en la cama junto a él y recordó como ese pequeño felino había hecho que no se sintiese tan solo desde hace un par de semanas.



 Fue unos días antes de las vacaciones navideñas cuando se encontró a esa bolita de pelo en una caja. Era un día lluvioso, y en la esquina de la puerta de su edificio oyó un maullido bajito. Estaba abriendo la puerta, pero quiso echar un vistazo antes. Unos ojos azules le miraban con ternura. Se acercó y vio a un pequeño gato al que le temblaba el cuerpo. Iván pensó que no le vendría mal algo de compañía en su apartamento, por lo que lo cogió y lo metió dentro de su pecho, para que estuviese más abrigado. Una vez en casa le puso algo de leche para que la tomase. Sin querer dio un codazo a una caja de galletas y cayeron un par al suelo. El gato empezó a olisquear y a comerse las migas, y se acercó a la pierna de Iván cuando terminó. El chico se rio ante la ternura de su nuevo compañero. Le puso el bol de leche y el gato lo terminó rápidamente. Iván guardó la caja de galletas "Lu". Lu. Buen nombre para un gato, pero pensaría más. Iván fue a su habitación con intención de dormirse, y vio al felino acurrucado entre sus cojines. Apagó las luces y se metió a la cama. Unos minutos después notó que algo se revolvía en su cama. Se giró y el pequeño animal se pegó a su pecho. Iván le pasó la mano por el lomo y pensó "Buenas noches, Lu".



De pronto un rugido que salió de su estómago le devolvió a su cuarto. Se levantó de la cama dejando allí a Lu. Se dirigió a su armario y empezó a vestirse. Cogió una básica blanca de pico, la camisa de cuadros roja y azul, unos vaqueros oscuros, y las botas de borrego marrones. Se echó colonia, se enrolló la bufanda de ochos de color azul marino al cuello, cogió su parka verde, los cascos y salió de su cuarto. Pasó por la cocina con intención de desayunar, pero en el último momento se le ocurrió desayunar fuera. Cogió las llaves y cerró la puerta. Se puso los cascos y comenzó a bajar las escaleras de su edificio.